martes, 27 de marzo de 2012

Brasil: El baile de las sillas


Frei Betto
Escritor y asesor de movimentos sociais
Adital

La vida no le guarda la silla a nadie. A rey puesto, rey depuesto; a unos les da gusto, a otros disgusto. César era inmortal, y sin embargo se murió. El Tercer Reich iba a durar mil años y no alcanzó ni 20. Los esbirros de la dictadura militar brasileña creían que sería perpetua y ahora tiemblan ante la Comisión de la Verdad.

Hago resaltar esta finitud humana a propósito de las caídas, la semana pasada, de Ricardo Teixeira, después de 23 años en la presidencia de la CBF; de Romero Jucá, el ‘eterno’ líder del gobierno en el Congreso (sirvió, con la misma servil fidelidad, a los gobiernos de FHC, Lula y Dilma); y Cándido Vacarezza, líder del PT en la Cámara de los Diputados.

A ese baile de sillas se le añade la decisión del PR de romper con el gobierno de Dilma y pasar a la oposición.

El Brasil es una nación republicana que todavía no exorcizó su alma monárquica. Recordemos que ¡fuimos un imperio! Razón por la cual Don Pedro II causó tanto furor al visitar los EE.UU. en 1876. Los estadounidenses, acostumbrados a reyes y reinas de la madre-patria Inglaterra, ¡nunca habían visto un emperador!

Perdimos la corona pero no la majestad. Aún perduran en nuestra cultura política feudos y pedigüeños. Eso está impreso en el alma de aquellos que, picados por la mosca azul, se creen insustituibles en los cargos que ocupan. Y se espantan y se quejan cuando un poder más fuerte que el suyo los remueve de la función que desempeñaban. Sólo entonces se dan cuenta de que sufren el síndrome de Vargas: la identificación entre la persona y la función. Una no vive sin la otra. Por eso el presidente Vargas prefirió disparar contra su propio corazón a dejar el palacio de Catete como un ciudadano común.

El caso del PR es de otro orden en la esquizofrenia política. Este partido, como tantos otros, se cree en el derecho de poner reja y candado a uno o más ministerios. Además, la culpa no es del PR por embriagarse con tan alta pretensión. La culpa es de la falta de reforma política y del modo como es cocinada hoy la base de apoyo al gobierno. No se exige consenso en torno a un Proyecto Brasil. No se requiere afinidad ideológica. No se priorizan agendas de una planificación estratégica. Todo se hace en base a tomo aquí, doy allá. En moneda electoral. El gobierno quiere votos; el aliado quiere dinero y más poder.

Como ya previno Maquiavelo, hay procedimientos que dan poder, pero no gloria. Y en un país que desde la dictadura todavía no recuperó su autoestima política, no es de extrañar que, en tiempos de neoliberalismo, cuando amasar fortuna aparece como el ideal de la vida, haya tanta corrupción, nepotismo y malas artes en el juego del poder.

Ya que citamos a Don Pedro II, vale reproducir lo que escribió en carta del 15 de enero de 1889: "La política de nuestra tierra cada vez me repugna más comprenderla. Ambiciones y más ambiciones de aquello que es tan poco ambicionable”.

Y no hay reglas en la Casa Civil para evitar que se repita, en el juego político, la canción de Tom Jobim y Newton Mendonça: "Cuando voy a cantar tú no me dejas / y siempre tienes la misma queja / Dices que desafino, que no sé cantar / Tú eres muy bonita, pero tu belleza también se puede equivocar / Si tú dices que yo desafino, amor, / sepas que eso en mí provoca inmenso dolor…”

El dolor de alimentar pretensiones abusivas y creer que sólo los propios oídos escuchan la dulce respuesta positiva que, cada mañana, es suscitada por la tremenda interrogante: "Espejito mío, espejito mío, ¿existe alguien más lindo que yo?”

Hay poder y poder. Poder inherente al cargo que se ocupa o a los bienes que se poseen; y poder inherente al carácter y/o carisma de la persona. Estos últimos, por desgracia, son la excepción. Y como tienen luz propia, no son satélites como la luna, que sólo brilla por reflejar al sol, ellos nos iluminan incluso cuando ya no están entre nosotros, como son los casos de Sócrates, Confucio, Buda, los profetas del Antiguo Testamento, Jesús, Francisco de Asís, José Martí y el Che Guevara.

Todos ellos abrazaron el poder -de su carisma, de su inteligencia o incluso de la función que ocuparon- como servicio pleno de idealismo y basado en principios éticos y morales. Buscaron, no su propia gloria, sino la de los demás, dispuestos a dar la vida por la coherencia con que vivieron.

Ésta es una opción ética de la cual ningún político escapa, aunque no tenga conciencia de que ella es inevitable: empoderarse o empoderar a la colectividad. Los primeros utilizan la democracia en beneficio propio; los segundos la fortalecen y la dignifican.

[Frei Betto es escritor, autor de "La mosca azul. Reflexión sobre el poder”, entre otros libros. http://www.freibetto.org/> twitter:@freibetto.
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Traducción de J.L.Burguet].

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