sábado, 1 de marzo de 2014

África lo mismo que Cai (*)

Preocupados como estamos por la continua pérdida de derechos y libertades, el deterioro sin frenos en las condiciones de trabajo y la asfixiante presión tributaria. Absortos en los problemas del día a día. Cabreados ante la imparable escalada de casos de sinvergonzonería y desfachatez que se destapan por doquier y revelados por el desigual trato que se nos concede a los ciudadanos, casi no nos queda ya espacio para reparar en el hecho de que 15 inmigrantes hayan muerto en el empeño de procurar una vida distinta en nuestro país y que semejante desgracia sea insuficiente para impedir el que otros cientos de ellos vuelvan a intentarlo en tropel. No nos queda ánimo ni para repudiar las contradicciones y excusas vanas del ministro enfrascado en culpar a los muertos de sus propias muertes y en presentar a los inmigrantes como delincuentes y agresores de los que hay que defenderse. 
 
Es cierto, por duro que suene, que no estamos en condiciones de acoger sin límites a cuantos, aún escapando de la hambruna y la miseria de sus tierras de origen, se abalanzan sobre una verja coronada de cuchillas o se lanzan en su desesperación al océano; pero resulta de una hipocresía e insensibilidad desmedidas obstinarse en impermeabilizar cada vez más nuestras fronteras ante los desheredados y franquear, al tiempo, el paso a otros extranjeros de reconocida capacidad económica y a los que nadie preguntará por la dudosa procedencia de su dinero. Esquivar la condena de la codicia y el totalitarismo de gobernantes capaces de convertir a sus ciudadanos en víctimas y evitar la persecución hacia quiénes, con vileza inmisericorde, se enriquecen traficando con su desdicha nos convierte en cómplices de la barbarie; y para colmo se pergeñan nuevas reformas legislativas encaminadas a justificar las relaciones diplomáticas al precio de conceder inmunidad a la injusticia y la explotación humana e ignorar el sufrimiento de los desvalidos. 
 
Es indudable que el problema de la inmigración se ha de abordar desde la responsabilidad compartida del conjunto de países que, a pesar de la que está cayendo, conformamos el norte y en la rotunda disposición de apostar al desarrollo de los pueblos en los que se ceba el hambre y la guerra. Si lográsemos mirar fijamente a los ojos de los jóvenes que se ven obligados a buscar fuera de nuestras fronteras, en Laponia tal vez, el futuro y la esperanza que aquí ya no encuentran o a los de las familias que, acuciadas por el paro, han comenzado a perder la propia dignidad en las colas de la vergüenza, estaríamos en mejor aptitud para comprender el drama de la alambrada ceutí. África lo mismo que Cái, que canta por éstos días el Falla.
 
(*) Voz arabe o mozaerabe que identifica a Cadiz, Andalucía, sur de España. JC.



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